Brexit? Es el nacionalismo, imbécil…

Hace unos meses, apareció en los medios de comunicación una noticia por la que se explicaban las sensaciones que se sienten en el aparato digestivo (las tripas, vamos) cuando algún sentimiento las provoca. La cantidad de terminaciones nerviosas, el alcance de lo que el ser humano dispone en un lugar tan apartado de nuestro cerebro explica, según esas noticias, lo que ya sabíamos: la intensidad de lo que sentimos en las entrañas es muy poderosa.

Nos tenemos por animales racionales, tenemos esa capacidad de reflexionar sobre nosotros mismos, nuestro entorno y hasta sobre lo que no vemos. Somos capaces de abstraernos, tenemos experiencias religiosas, sentimos la trascendencia…

Sin embargo, para tomar una decisión siempre nos resulta más sencillo echar mano a las entrañas. Y quienes nos piden que las tomemos colectivamente recurren precisamente a ello, porque usar nuestra capacidad de reflexión siempre es más difícil que hacernos reaccionar por lo provocan nuestras entrañas. Y nada más efectivo que activar el odio o el miedo. Por mucho que hemos avanzado, socialmente hablando, sigue siendo eficaz buscar un enemigo que personalice ese odio o ese miedo, ya que en nuestra decisión tendrá más peso lo que nos digan las tripas que lo que nos haga pensar el cerebro.

No hay nacionalismo que no use exactamente estas dos armas: odio o miedo. Y, precisamente por lo sencillo de usarlas y comprobar el resultado de hacerlo, es la ideología dominante. Lo sencillo, ante cualquier nacionalismo, es oponer otro igual o peor, mientras que lo complicado es enfrentar al nacionalismo un no-nacionalismo, porque exige renunciar y denunciar precisamente aquello a lo que apela el nacionalismo.

España, o Europa, no es progresista o conservadora, ni el debate se establece entre una izquierda revolucionaria o una derecha retrógrada, si es que hay partidos que puedan defenderlas. España y Europa han demostrado ser fundamentalmente, y fundamentalistamente, nacionalistas. Y en el Reino Unido hemos comprobado sus consecuencias en el día de hoy.

Europa ha demostrado una falta de solidaridad inaceptable con quienes más lo necesita, ha defendido los intereses de las fuerzas conservadoras como ocurre exactamente igual en cada uno de los países y regiones que la integran. Mejor dicho: no ha sido Europa, quienes la formamos, sino quienes la dirigen. Por ese motivo, hace unas semanas, hubo quien entendió que una forma de expresar su rechazo era pidiendo retirar la bandera de Europa de nuestras instituciones, como si los culpables fuéramos todos los que la integramos. Es más, haciéndolo, mostrábamos dejar de ser europeos, mientras la situación de los refugiados seguiría sin resolverse. Preciosa foto. Y si sirviera como medio de protesta contra lo que hacen sus dirigentes, ¿por qué no se retira la bandera de Valencia o de Andalucía, visto lo que sus dirigentes hacen o han hecho durante décadas? Cualquiera se atreve a quitar la bandera del terruño…

Una Europa manifiestamente mejorable no es peor que una descomposición de Europa. En el Reino Unido han recurrido a los mismos argumentos que estamos cansados de escuchar en España, puesto que ha triunfado el nacionalismo. Llamémosle insolidaridad, egoísmo, xenofobia,… Son solo cabezas de la misma hidra. Y, como todo nacionalismo rampante, inmediatamente después de que se haya tomado la decisión de abandonar la Unión Europea, han surgido quienes defienden que se puede parcelar la democracia al gusto, de manera que se defiende que Escocia se independice o que Irlanda del Norte se una a Irlanda, en ambos casos para poder permanecer en la UE. ¿Y por qué reducirlo a estos territorios, si ha habido otros en donde el remain también ha ganado? ¿Y por qué no reducirlo a cada circunscripción electoral, cada barrio, cada calle, cada casa? El nacionalismo se sabe dónde empieza, pero no dónde da el último paso.

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Los británicos han decidido sobre lo que se les ha ofrecido. Ese fue el engaño. Ni las dimisiones ni los matices, ni desde luego, las consecuencias sobre lo importante, que no es ni de lejos la economía, pueden matizar ese resultado, salvo que se haga a la griega para aceptar acuerdos o tomar decisiones aún peores que los refrendados.

Con el nacionalismo solo se consiguen satisfacciones en las entrañas, pero nunca se gana.

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Otra vez el PSO(E?)

Una vez terminado el culebrón catalán, con la investidura en el último minuto de Carles Puigdemont como presidente de la Generalidad de Cataluña, parecía que se podía cerrar este capítulo para continuar con la teleserie nacional, que nos regaló otro con la máxima audiencia gracias a la sobreactuación de los diputados de Podemos en la sesión de Constitución del Congreso, con bebé incluido.

En este 2016 se cumplirán 10 años de vida del Estatuto de Autonomía de Cataluña. O más bien de agonía, porque una Ley del rango de un Estatuto de Autonomía en realidad, en el caso catalán, lleva prácticamente muerto desde hace varios años.

Con él, el entonces Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, creyó, entre adanista, ingenuo e iluminado, que zanjaría la histórica tensión nacionalista. Pactó un Estatuto con Artur Mas, en términos que demostrarían en pocos meses su escaso acercamiento a la realidad. «Será —decía— conforme a la Constitución, responderá a los intereses generales, se sentirán identificados todos los ciudadanos catalanes, mejorará su autogobierno e integrará mejor Cataluña en España». Ya se ve, ya.

1452705661_960326_1452705725_noticia_normalPara comenzar, se dejó al margen a un Partido Popular débil en Cataluña, pero fuerte en el resto de España, de modo que, si bien el texto que salió del Parlamento autonómico se aprobó por amplia mayoría, en el Congreso tuvo un apoyo para habérselo hecho pensar. Nada detuvo a quien tuvo el mérito de haber hecho bueno a su antecesor, que no es poco.

Como era de esperar, la propuesta de Estatuto que se sometió a referéndum en Cataluña, pese a haber sido calificado de “constitucionalmente impecable” por su Vicepresidenta, y que se aprobó mayoritariamente por los catalanes, no lo fue tanto. Se supone que ese es el punto de partida del enconamiento de la situación actual en Cataluña, debido a declaración de inconstitucionalidad de nada menos que 14 artículos del Estatuto, porque, al parecer, lo que se vota no tiene capacidad de enmienda.

La falacia es inmediata: también son legítimas las decisiones tomadas por un Gobierno, por la vía de la aprobación de leyes, que luego son declaradas total o parcialmente inconstitucionales. Si no fuese así, el Tribunal Constitucional no tendría por qué existir, bastaría con que el Gobierno de turno se considerase con la suficiente legitimidad emanada de los votantes como para no aceptar la enmienda de una instancia que tiene ese papel.

¿Quién fue, por tanto, responsable de aquello? La respuesta es sencilla: quienes ofrecieron a los catalanes un texto de contenido dudoso, por mucho que la propaganda lo calificase de lo contrario. Y, entre ellos, el matrimonio PSOE-PSC, divorciado a veces, un único ser en otras.

Las declaraciones actuales sobre esta cuestión, agravada desde entonces, no son más tranquilizadoras. Pero si bien desde el PSOE se pide a Podemos que aleje de la cuestión independentista en Cataluña, por otro lado sus gestos siguen siendo desconcertantes. Como el de ceder parte de sus senadores a ERC y DiL para que éstos partidos puedan formar grupo parlamentario en el Senado.

El nacionalismo, no digo ya el independentismo, tiene poco que ver con un mensaje progresista: es excluyente, por no decir racista; impone una verdad que no puede ser discutida, se basa en una interpretación distorsionada de la Historia, cuando no directamente en una manipulación. Sin embargo, el binomio izquierda-nacionalismo se vende en España como un producto de calidad. Lo sorprendente es que un partido que ha gobernado nuestro país siga peleando por quitarle cada vez menos sentido a su denominación “Español”. Quizás 90 diputados sean hasta demasiado.

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Una primavera en blanco

Ayer se firmó por fin el acuerdo de gobierno que permitirá a Susana Díaz asumir la presidencia de la Junta de Andalucía, gracias al anunciado voto a favor de Ciudadanos (C’s), tras casi 80 días de fuegos de artificio.

Susana Díaz y Juan Marín en San Telmo

Personalmente, sigo teniendo las mismas dudas sobre la mejor opción en este caso. De las tres posibilidades —apoyar la investidura, abstenerse o votar en contra—, creo que se ha decidido no la peor de las tres, pero tampoco la mejor, ya que entiendo que había una salida más razonable y, sobre todo, más digna.

El 22 de mazo, el PSOE obtuvo una mayoría indiscutible, pero insuficiente para gobernar en solitario. Aunque parezca mentira, tras centenares de imputados por diversos motivos relacionados con el ejercicio aplastante del poder en Andalucía, dos expresidentes de la Junta que como mínimo han demostrado una monumental torpeza por no ver cómo se perdían por los desagües de sus fontaneros miles de millones de euros (que se sepa, esto no ha hecho más que empezar, y siempre que no se demuestre que eran plenamente conscientes de ello y lo consintieron), los andaluces concedíamos de nuevo 47 diputados al PSOE. Y si ha sido así no es porque los andaluces nos sintamos (mayoritariamente, quiero decir, a la vista de los resultados) cómodos con un gobierno que ha mantenido a nuestra región a la cola de Europa en lo económico y lo social; y fomentado, permitido, mantenido y hasta aplaudido un nivel de corrupción que desde luego no es insoportable, pero se le acerca bastante; si ha sido así es, obviando matices, porque los partidos de la oposición no han presentado una alternativa suficiente.

Parecía y parece lógico que fuese Susana Díaz quien gobernara. La negativa en las dos sesiones de investidura celebradas tenía sentido solamente si se buscaba por parte de los partidos minoritarios una repetición de las elecciones, que podría empeorar la situación, o si se hubiera presentado una alternativa casi imposible de concitar entre Partido Popular, Podemos, Ciudadanos e Izquierda Unida. De ahí lo natural de un gobierno presidido por el PSOE.

El acuerdo entre PSOE-C’s ha causado tanta decepción como defensa con más o menos acierto. Aparte del paralelismo entre PSOE-ERE’s (entre otros asuntos) en Andalucía y PP-Púnica (entre otros asuntos) en Madrid, lo que ya debería haber servido para pensarse apoyar la continuidad de dos partidos que han aceptado la corrupción con esa naturalidad, en el caso de Andalucía lo que no tiene un pase son varias cuestiones que resumo a continuación:

  1. Confiar en un pacto firmado con quien ha incumplido otro justo la legislatura anterior. Ni siquiera en lo que se consideraba más urgente. Y no es que este pacto sea mejor. Una vez leído, es difícil no estar de acuerdo en la mayoría de los puntos, por obvios y generalistas, pero cuando no se ponen plazos de ejecución no deja de ser una mera relación de intenciones… cuya intención sea la de que no cambie nada.
  2. No haber cambiado ni una sola de las circunstancias que llevaron a Ciudadanos a votar en contra de la investidura de Susana Díaz en las dos sesiones celebradas con anterioridad. Salvo una: que se han celebrado las elecciones autonómicas y municipales del 24 de mayo. Lo que conduce a pensar que quienes se arrogan acabar con la corrupción en Andalucía han puesto por delante sus expectativas electorales. Son casi tres meses de inestabilidad gratuita.
  3. Las manifestaciones previas de los propios dirigentes de Ciudadanos. De todas, la que me parece más signiticativa es una de su presidente:

Twitter Albert Rivera

 

Griñán y Chaves siguen en sus escaños. No existe exigencia alguna escrita de su renuncia. ¿Están esperando simplemente a que se acabe la legislatura para que no renueven sus cargos? ¿Por qué no se ha aplicado la misma exigencia que en la constitución de otros gobiernos autonómicos?

Por este motivo, apoyar al PSOE en la investidura de Susana Díaz es una mezcla de adanismo y una táctica electoral al uso, que elimina cualquier marchamo de pretendida renovación o regeneración en el comportamiento parlamentario. De ahí que la menos mala de las tres posibilidades fuese la abstención. Si no hay alternativas, debe gobernar quien parece tener una mayoría suficiente, pero obligada a una visión más amplia. Pero no veo justificación a esta entrega en brazos de quien manda aquí y allí.

Hace semanas escribí que los mismos motivos para apoyar al PSOE en Andalucía son los que se esgrimirían para hacerlo con el PP en Madrid o Valencia. Me equivoqué en este último caso, solo porque la aritmética de los resultados lo impide. Y acerté porque no hacía falta ser un lince para verlo.

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Que la inspiración te pille trabajando

Unión Progreso y Democracia es un partido consolidado en Málaga, en Andalucía y el resto de España. Presente en el Congreso de los Diputados, varios parlamentos autonómicos y ayuntamientos de toda España, desde Madrid, Granada hasta Alhaurín de la Torre o Hernansancho, nació con el compromiso de trabajar por lo que entonces era absolutamente revolucionario y ahora todos entendemos que es normal.

UPyD puso de moda el término “regeneración democrática”, que en boca de los partidos que nos han llevado a la crisis institucional, que agrava la económica hasta unos niveles jamás sufridos en en España, pierde todo su sentido.

UPyD ha renunciado desde el primer momento a todo aquello que todos nuestros vecinos entendían como un privilegio inexplicable, y ha defendido su eliminación. En aquel momento, fuimos calificados de demagogos, de populistas. Ojalá todos fuésemos populistas de esa clase. Si defender la dignificación de la política, la decencia en los comportamientos públicos, la rendición de cuentas a quienes nos han llevado a las instituciones, o el elevar a categoría de normal lo que todos entendemos que es normal es ser populista, es ser demagogos, definitivamente habrá que aceptar que somos los primeros de la clase.

Pero esas son palabras que sin hechos no tienen valor alguno. ¿Cómo nos íbamos a presentar ante nuestros vecinos como la mayoría (por no decir todos) los partidos que conocemos? Teníamos claro que un partido que tiene y ofrece ese referente ético no podía desaparecer en función de su estrategia electoral, hasta el momento en que considerase mejor para sus intereses. Los partidos están para ser instrumentos de los ciudadanos para transmitir sus necesidades y conciliarlas con las de otras personas, por lo que sus intereses no pueden ser distintos de quienes les llevan a un escaño. Cualquier hecho distinto de este es un fraude que todos debemos perseguir.

Y esto se traduce en una única palabra: trabajo. En 2011, las 8.099 personas que nos prestaron su confianza no consiguieron la representación en el Ayuntamiento de Málaga que merecían. Sí, ya entonces, después de tres años de vida, entendíamos que la democracia que merecemos quienes vivimos en Málaga, en Andalucía y el resto de España no puede basarse en la actual Ley a Electoral, única responsable de la ausencia de UPyD en el Pleno. Y nuestra respuesta fue trabajar con todos nuestros medios para merecernos llegar a este año 2015 con los deberes hechos.

Somos el único partido que, desde fuera del Ayuntamiento, ha estado presente en cuantos órganos de participación municipales se le ha permitido estar. Arbitrariamente, contando con la buena disposición de quienes dirigían esos órganos, o su oposición. Para conocer de primera mano los problemas que nuestros vecinos hacían llegar al Ayuntamiento, y con ello, elaborar un programa electoral realista, útil y, sobre todo, necesario para alcanzar un objetivo: la Málaga que merecemos todas y cada una de las personas que tenemos la suerte de vivir en ella.

Con este aval nos presentamos ante vosotros. Y con él, os pedimos la confianza de prestarnos vuestro voto. El único voto que en estos siete años de nuestra vida ha demostrado ser útil.

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Septimana horribilis

Muchos compañeros han escrito lo que piensan del presente de UPyD en los días que han transcurrido desde el 22 de marzo pasado. Lo cierto es que no se puede pedir a nadie mantener los dedos o la lengua quietos después del resultado electoral obtenido en las Elecciones al Parlamento Andaluz, aunque es de reconocer la paciencia y la prudencia de los que han esperado al Consejo Político de hoy para expresarse, precisamente, en el lugar donde tienen oportunidad y obligación de hacerlo.

Como si estuviera en ese órgano, participando de él aunque no soy miembro del mismo, he esperado al día de hoy para exponer mi visión de esta semana convulsa, la semana más crítica de Unión Progreso y Democracia, la que marcará su futuro y el camino que nos queda por recorrer la política española.

Y parto de esta última frase. En la comparecencia ante los medios del día 23 de marzo, Rosa Díez insistió en que Unión Progreso y Democracia sigue siendo un partido útil. Estoy de acuerdo con ella, estoy convencido de que tenemos un camino que recorrer y un futuro que alcanzar, y un artículo de mi compañero Paco González explica muy claramente lo mucho que nos queda por delante. Y me veo obligado a recordar la obviedad de que UPyD nació cuando otro Ciudadanos ya estaba en el parlamento de Cataluña, de modo que si lo hizo y siguió creciendo es porque cada cual definió qué camino político quería desarrollar. Nacer por separado para unirse simplemente porque se ocupa (que no estoy de acuerdo en ello) el mismo espacio del espectro político es simplificar las siglas por comodidad. Ellos han tenido un éxito electoral que para nosotros hubiéramos querido. Si ese es el motivo definitivo para que se dé la absorción de uno por el otro, creo que nos equivocamos de partido al que entregarnos: hay una formación que ha conseguido un resultado incontestable, el PSOE-A. O el PP en Madrid o Valencia, el PNV en el País Vasco o CiU en Cataluña. Si debiéramos entregarnos a un partido por sus resultados, estas tendrían que ser nuestras opciones, sabiendo además que sus tropelías le salen gratis. Por tanto, seguir insistiendo en una fusión con otro partido simplemente porque tendríamos mejores resultados electorales no me deja de parecer una simpleza monumental.

Seguir adelante es una obligación ética con nosotros mismos y con quienes aún (que no son pocos) creen en lo que hacemos. Basta un repaso a los últimos procesos electorales para ver un conjunto de partidos políticos que se presentan honradamente simplemente porque esa es su obligación, y obtienen unos resultados casi testimoniales. Los de UPyD han sido decepcionantes, no permiten (ni de lejos) obtener representación en el Parlamento de Andalucía y anticipan un futuro cercano demasiado explícito; pero siendo mejores (o menos malos) que los de otras formaciones políticas que siguen ofreciendo su propuesta a los ciudadanos, lo inaceptable, lo inexplicable sería dejar de hacerlo por nuestra parte.

Pero para afrontar las elecciones de mayo y siguientes no se puede partir de la situación que se planteó el lunes. Una vez terminada una jornada electoral, los candidatos dejan de serlo de modo automático, no hay nada de qué dimitir como tales. Pero, como ocurre en el caso de Martín de la Herrán, ostenta la máxima representación del partido en Andalucía, y por tanto, la máxima responsabilidad de lo ocurrido el día 22 de marzo. No me imagino ni un solo motivo por el que no hubiera tenido que presentar la dimisión inmediata, y cada día que transcurre transmitimos una imagen más empobrecida. Somos un partido exigente con los comportamientos públicos, pero perdemos toda la legitimidad para hacerlo en cada minuto que no tomamos decisiones que se esperan de nosotros. Lo que se ha anunciado es justo lo contrario. Decepcionante es un calificativo muy generoso.

Unión Progreso y Democracia tiene un manifiesto fundacional plenamente vigente. De sobresaliente, como ese nueve sobre diez con que estamos calificados en transparencia, o en las propuestas políticas defendidas en el Congreso de los Diputados, en los Parlamentos Asturiano y Vasco, en la Asamblea de Madrid, en el Ayuntamiento de la capital y en todos aquellos en los que estamos presentes. Pero suspendemos en organización, en implantación, en comunicación, en diseño y desarrollo de campaña electoral… La calificación global es la que nos han dado los andaluces el día 22 de marzo, y eso debería habernos dado motivos suficientes para no suspender en la asignatura que teníamos que superar inmediatamente después.

Espero de mis compañeros las mejores decisiones.

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Izquierdas y derechas

La victoria de SYRIZA en las elecciones griegas no ha pillado a nadie desprevenido, ni la debacle de los partidos que han hundido el país en los últimos años. Sí, esos mismos que han ido dilapidando las ayudas económicas internacionales mientras los griegos han ido empobreciéndose hasta lo difícilmente imaginable.

Quizás los analistas finos no se hayan sorprendido de la rapidez con que Alexis Tsipras ha tomado posesión del cargo tras el acuerdo con Griegos Independientes. Al menos, no ha sido algo excesivamente obvio. En todo caso, ha venido rápidamente y el terremoto griego que parecía se iba a expandir por toda Europa no ha sido tal.

Mientras en España, los partidos de izquierdas se pelean por mostrar cuál de ellos era menos casta, cuál de ellos es más combativo contra la derecha, Tsipras acaba de dejarles con las piernas colgando delante de su espejo. No por nuevo, sino por mostrarnos la realidad que ya existe en España y que desmonta, de nuevo, el mito de la confrontación entre derecha e izquierda.

¿Qué parte de Izquierda Unida es la que apoya al Partido Popular en Extremadura para que gobierne? ¿La más cercana a la casta, la izquierda auténtica o la que ha estado soportando la tiranía del Partido Socialista en esa comunidad durante décadas?

¿Qué parte de Esquerra Republicana es la que gobierna con los demócrata-cristianos de CiU? ¿La republicana de verdad (es decir, de izquierdas, porque al parecer no hay republicanos que no sean de izquierdas) o la independentista de verdad que está enseñando a los aficionados? ¿O quizás, la que está engordando gracias a las torpezas de Mas, la que está contribuyendo a tapar la corrupción histórica de CiU y mantiene a Cataluña paralizada?

Ejemplos similares en ayuntamientos llenarían este texto hasta aburrir. No es lo que pretendo.

Treinta y muchos años después, quienes nos han gobernado han procurado mantenernos en la mínima cultura política, queriendo hacer bastar para conocer a un partido o, peor aún, una decisión, si era de derechas o de izquierdas. La etiqueta ha estado siempre ocultando los contenidos. ¿Cómo, si no, es posible comprender que una cantidad sustancial de españoles sigan pensando que las opciones para gobernar se limiten a los partidos que nos han llevado a esta situación? En Andalucía, ¡esa cantidad es casi el 70%!

El bipartidismo ha muerto en Grecia, y lo único que me preocupa del nuevo gobierno es si con él los griegos van a salir de la cárcel económica en la que les han metido sus dirigentes históricos. Las diferencias ideológicas entre Syriza y Anel son abismales, pero parece que hay algo más importante que puede hacerles caminar juntos. ¿Eso es lo que se plantearon en Extremadura o Cataluña, o solo fue un reparto de poder? ¿Cuál de las dos, o tres, izquierdas que hoy se dan de tortas en Andalucía será la auténtica, y cuál de las que han gobernado ha tenido una mínima actitud responsable antes de llevarnos el día 22 de marzo a las urnas?

Algo se ha demostrado en Grecia, que quizás en España no se atrevan a asumir: quienes hace años decimos que la confrontación entre izquierdas y derechas, entre derechas e izquierdas, es una falacia no estamos tan equivocados.

Si ya lo decía Luis Rosales…

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Necesitamos… lo que sea. Y lo merecemos.

A la última jornada de liga, algunos equipos llegan dando sus últimas brazadas con el ánimo de alcanzar la orilla y salvarse del ahogamiento, del descenso. Es una situación angustiosa a la que los medios dedican minutos, fundamentalmente a la de Primera División. Termina el día, y tres de ellos se quedan en el agua. En los programas de radio, los comentaristas se esfuerzan en hacer más o menos el mismo comentario, intentando consolar a equipos y seguidores: esperan que pronto consigan de nuevo el regreso a la categoría, porque su afición se lo merece.

No me refiero a ningún equipo en particular, así que no puedo asegurar si esa frase es cierta. Pero, al aplicarse a todos, se traduce en una sentencia gratuita. Si preguntáramos cuáles de ellos no merece recuperar la categoría, la respuesta sería el silencio.

Cuando se usa ese argumento, el problema es rebatirlo, negarle a un colectivo la posibilidad de merecer algo. A partir de ahí, la manipulación. Lo vemos a diario, y si su máxima expresión en los últimos meses es la situación creada por el gobierno de Artur Mas, no es exclusiva de este caso. Mientras que el debate en la política española se maquilla, reduciendo cualquier decisión a colocarla en el bando de la derecha o de la izquierda, si hay una ideología subyacente y triunfante en todas ellas es la del nacionalismo. A otras escalas, regionalismo o localismo.

Sólo desde esa visión nacionalocalista, en la que se busca la decisión tomada con la boca del estómago, hace unos días comprobamos cómo el Alcalde de Málaga recurría a la misma forma de actuar que la del presidente catalán, al pedir la movilización para visualizar la necesidad de un auditorio en Málaga.

Málaga se merece un auditorio como se merecía el metro. Tanto se lo merecía que cuando la Consejería de Fomento de la Junta de Andalucía planteó que dejara de ser un metro para, en adelante, convertirse en un tranvía, no dudó en encabezar una petición de firmas para evitar esa decisión. Y a los pocos meses, de enero a agosto, Málaga pasó de merecer un metro a merecer un tranvía. Los millones enterrados hasta ese día eran lo de menos, porque en la singularidad de esta tierra no hay nada como merecer un tranvía que circula bajo tierra. Cada cual tiene su hecho diferencial.

Apertura del Metro de Málaga

Volviendo al auditorio, y ya que Málaga no consiguió ser designada Capital Europea de la Cultura en 2016, fundamentalmente por no haber dado el paso de ser Capital Malagueña de la Cultura, para su Ayuntamiento la carrera sigue. El carro se salió de la pista, pero cada uno lleva el camino que quiere. Y desde entonces, se persigue la proliferación de museos sin otra justificación que la de tenerlos. Ser la ciudad con más museos. Eso nos convierte en una ciudad cultural.

Una ciudad cultural en la que la cultura está arrinconada, con una minoría de malagueños interesados en exposiciones, representaciones teatrales, de danza, musicales. Por eso el Alcalde recurre a la movilización, como hace años se fomentó a aquella manifestación para que el Palacio de la Aduana se convirtiera en museo, apoyada por unas 200 asociaciones de la ciudad y que convocó a unas 2000 personas. Diez de media por cada asociación. Desde luego, si la Aduana está en vías de convertirse en museo no fue por haber ocupado las calles ese día.

El Alcalde de Málaga no ha tenido una gran obra pública que enseñar al final de esta legislatura. Ha estado ocupado en otros asuntos hasta que los resultados de las Elecciones Europeas han encendido las alarmas en su partido. Nos vuelve a intentar engañar (en esto no es especialmente distinto de cualquier otro dirigente) con futuras inauguraciones, como si éstas demostrasen la mejora de una ciudad estancada. Ahora es un auditorio como podía ser aquella ocurrencia del puente sobre la bahía o un nuevo campo de fútbol. Lo peor es que hace diez años se habría construido como los aeropuertos o estaciones de AVE sin uso que están plantados por toda España, y aún no se ha dado cuenta de que las necesidades existen por sí mismas, no porque haya que crearlas artificialmente al más puro estilo Mas.

Quizás Málaga se merezca un auditorio. Porque sí. Como se lo merece Marbella, o Ronda, o Alcaucín o Montecorto. A ver quién es el temerario que le dice a cualquiera de sus ciudadanos que lo planteen que no, que no lo merecen. Eso sí, al Alcalde de Málaga siempre le quedará convocar la Diada Nacional Malacitana para evitar el descalabro.

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